vivir en Asturias – “El Mar” – parte I


Era todavía invierno, cuando debajo del frio y nublado cielo de Gante supe que unos meses más tarde iría a estudiar un cuadrimestre en la Universidad de Oviedo. En esos días yo ya había explorado los entornos del Norte de Europa y el tiempo que había disfrutado de los encantos que me ofrecía empezaba a parecer ya suficiente. Sin embargo todavía me quedaba toda la primavera  y el verano por delante hasta que tuviera que estar en Asturias para empezar las clases. Es natural que a la medida que un individuo que se aproxima del día de un gran evento, como es un viaje para un lugar lejano o el cambio brusco de migrar para un lugar desconocido (como es ir a vivir en otra ciudad) que uno vaya creando una masa de  expectaciones, proyecciones y ideas de cómo se quisiera uno encontrar su destino.

Yo naturalmente fui creando mis propias ideas de cómo sería mi vida ese lugar y todas ellas se me presentaban placenteras. No había vivido antes en ningún otro sitio que contrastará tanto con el lugar donde he nascido. Soy del interior, lejos del mar, donde el aire es seco en verano y la estación seca se hace muy larga.

Al llegar por fin a Asturias me di cuenta de cómo bruscamente había cambiado las llanuras y los tonos amarillos del estío por la paleta de colores de las tierras altas, donde se mesclan las laderas grises  y los prados verdes. El cambio drástico de poder ver a lo lejos por el humillante limite que imponen las montañas con sus acantilados desnudos y afilados.

Tampoco la presencia humana se hace notar de la misma forma en las tierras del norte. En las llanuras las casas agrícolas van salpicando el terreno con el blanco de la cal, y suelen verse envueltas en los patrones que forman a su alrededor sus cultivos. Las líneas de los arboles de olivo o las líneas de las viñas se ven peinadas al sabor de las suaves ondulaciones del terreno.  En contraste con mi tierra, en los montes del norte puedes ver cómo están puebladas las colinas verdes, con sus casas pintadas de colores vivos y como se aglomeran los pueblos por los valles, cerca de los ríos que traen el agua de las cumbres que dominan el espacio. Veo como las divisiones de los terrenos se van ajustando unas a otras en una cuadricula de irregular geometría y como en una intermitencia impredecible van surgiendo bosques y matas que quiebran la homogeneidad de los campos trabajados. El agua que corre incesablemente por riberas y ríos,  que brota de las entrañas de la tierra en manantiales cristalinos, que salta en castadas o se acumula en lagos por las montañas, me produce en el ser una envidia ajena por aquellos que en mi tierra muchas veces sufren cuando el agua escasea.

Pero Asturias no son solos los valles y los picos siniestros, tiene también un lado más cosmopolita. Las bellas ciudades, limpias y compactas,  adornadas de bellas fuentes y jardines que tienen sin embargo su cuotidiano mundano como cualquier otro lugar. Ver a sus edificios y monumentos me trajo muchas veces a la imaginación historias de otros tiempos, en que otros imperios y otras gentes gobernaran en estos parajes; pero es en los ancianos y bellos cascos antiguos donde me siento más en casa, entre las calles estrechas con edificios de dimensiones humanas y una organización más orgánica. Hacia las afueras crecen los barrios residenciales, con sus edificaciones más modernas donde duerme la gente que prefiere las comodidades de los centros urbanos. En los términos de los grandes aglomerados humanos está la industria, que frecuentemente se ve como echan humo espeso, esas chimeneas de las fábricas que son pintadas de anillos de blanco y rojo.

Por la noche, las esquinas de la ciudad cambian el aire fresco de la montaña por el alcohólico y dulce olor de la a sidra que se va cayendo por el suelo. En las tabernas y en los bares se escancia la sidra, de lo alto de la cabeza hasta el vaso que la espera, medio tumbado, a la altura de la rodilla. Parece que lo hacen porque la cidra “gana vida” al rebotar con el cristal, y consta que de este hecho nadie lo duda. Dicen que se aprende a gustar de su sabor, que de primeras no satisface (es que a mí, me parece cambiar a cada botella). Yo la tomé, como quien utiliza un puente para acercarse más a los costumbres de la gente del lugar;  me pregunto porque no tomo del aguardiente o del vino que llena los vasos en las tabernas de mi pueblo, como si las costumbres de mi tierra me fueran igualmente ajenas. Me complace ver como la gente por allí se sienta en las escaleras de las plazas, en grupos de amigos tomando los tragos que se traen de casa. Por entre los sonidos y carcajadas de las plazas llenas, va uno adivinando que hablan de los mismos temas de la vida que todo el mundo. ¡Hay cosas que no cambian!

Me he encontrado también con un mar nuevo, bordeado de picos o prados verdes que culminan en acantilados llenos de colores. Ocres, marrones, negros y amarillos. Hay para todos los gustos. Desde la costa se ve como giran las palas de los molinos de viento que se clavan en los filos de las montañas. Al otro lado, hacia al mar y a su horizonte generalmente cargado de nubes pasan despacio en la distancia los navíos mercantes en sus rutas hacia quien-sabe-donde. Son aguas con fuerte genio, me atrevo a contarles.  Hubo veces que las he visto tranquilas, invitando a navegar por estar dominadas por un silencio casi absoluto en la ausencia de las espumas. Pero también he visto como se levantan las crestas de las olas dejando arco-iris a su paso; como explotan incesablemente contra las rocas en un ritmo frenético y se separan en millones de gotas, que al caer se hacen progresivamente  más pequeñas, esas olas nascidas de una cualquier tormenta que han viajado juntas por todo el océano del norte. No he visto en los embalses y lagos de mi tierra tamaña agitación, y me da que pensar en cómo puede esta gente depender de este Mar de comportamiento bipolar. Tantas veces esta gente lo encuentra regalando sus frutos en las orillas, en las rocas o en las piscinas que surgen cuando se retira el agua con la marea, abundantes en vida; como otras veces sale cobrando sus ganancias con la vida de los intrépidos pescadores. De estas y otras suertes se habla en los puertos de pesca y en las tabernas que de los pueblos costeros. ¡Vaya la suerte del los agricultores y sus familias, que por vivir en los campos no piensan en la muerte al salir por la mañana a trabajar la tierra!

No habrá mejor forma de terminar que contarles un poco sobre los sabores que adornan las mesas de Asturias. Siendo yo provinciano no me ha entrado el hambre, pues no suele ser de perfil  exótico lo que se me presenta a la hora de sentarse a comer. Las tablas de quesos, los embutidos ahumados, las setas (que brotan por culpa de un clima privilegiado), la fina carne de los terneros y corderos que se engordan de la yerba frondosa que crece todo el año y los frutos del Mar de que les he hablado antes; todos ellos se asimilan o me recuerdan la gastronomía del Alentejo. Se hacen fabadas  con chorizos picantes y rojizos, así como aquellos platos de las gentes humildes de los campos; que tienen que aportar el alimento para que los brazos aguanten las labores severas. Como buenos españoles también acompañan sus comidas con tortillas, papas bravas, los pimientos y tantas otras tapas exquisitas; ¡vinos, cervezas, olivas, jamones! Que no se equivoque aquel que crea que allí solo se toma la sidra.

De todas estas cosas que he encontrado en Asturias lo más increíble de cada lugar, de cada experiencia que se presenta, a cada paisaje nuevo o a cada comida – habrán sido los amigos con quien he disfrutado de ese increible rincón del mundo, actores de las historias y momentos que habré de recordar de ese breve (sin embargo intenso) paso, que se quedarán en mi pecho para soltar en cuentos más tarde. ¡Me quedo con que una buena experiencia compartida será siempre más alegre que una buena experiencia a solas!

¡Hasta pronto Asturias!

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